11 de diciembre de 2015

Gente de Londres | Notting Hill

En 1999 Hugh Grant y Julia Roberts vivieron uno de los romances más famosos del cine en este barrio del oeste de Londres. Con ellos llegaron miles de miradas curiosas que se asoman en busca de la puerta azul de la casa donde ambos actores se besan por primera vez.

En Notting Hill encontramos también la que fue casa de George Orwell y Portobello Market, uno de los mercados más concurridos de la capital inglesa. A finales del mes de agosto, además, acoge el carnaval jamaicano, un evento lleno de color, música y vida, combinada con montañas de basura y alcohol callejero.

Sin embargo lo que convierte a Notting Hill en un lugar tan especial son sus coloridas casas victorianas, un arcoiris inmobiliario habitado por unos pocos afortunados capaces de hacer frente al alto costo de la vivienda. Pero hay una casa que es aún más especial que las demás, y no precisamente por el color de su fachada.


En la calle Kensington Park Road vive Marianna Moore, una parisina afinacada en Inglaterra desde hace 30 años que, abrumada con la cantidad de fruta que conseguía de su propio huerto, decidió empezar a hacer mermeladas que compartiría con sus vecinos y con cualquiera que pasase por la puerta de su casa provisto de £3,50.

Aprovechando que hoy en Londres decidió salir el Sol, Marianna me recibe en los escalones de la entrada de su casa donde, sentadas sobre unas mantas, me cuenta que hace aproximadamente dos años, su marido no quería más azúcares con los que engordar ni ella quería tirar la comida que preparaba. Así que decidió fiarse de sus vecinos al dejar en una silla en la puerta de su casa, al alcance de todos, unos frascos de mermelada casera acompañados del siguiente cartel "Mermeladas caseras £3,50 - o precio marcado - Por favor dejen el dinero en el buzón y si pueden traigan los frascos de vuelta. Gracias".

Artista, pintora y diseñadora de profesión, Marianna cultiva su propia fruta en un huerto que alquila por £50 al año, una cifra insignificante en un barrio donde el metro cuadrado ronda las 1.500 libras esterlinas. En sus ratos libres prepara laboriosamente estas mermeladas que tienen encantados a sus vecinos, como es el caso de Kris, un joven músico que se declara fiel consumidor desde que se mudara al barrio, unas pocas semanas atrás.


Francia parece quedar lejos ya de este ajetreado Londres por lo que Marianna incluye sabores de su querido París, aunque según dice "La gente sigue llevándose los sabores que conoce: Frambuesa, durazno, frutilla, pocos se animan a probar cosas distintas". Pocos son también los que se llevan mermeladas sin pagarlas, pero los hay "Sobre todo los domingos a la tarde, que se junta mucha gente; es terrible, cuando vengo a guardar los frascos veo que faltan muchos que nadie había pagado. Pero por lo general, la gente lo respeta y la gran mayoría paga, incluso muchos me devuelven los frascos, me dejan notas, pequeños regalos y una señora me trae habitualmente uvas frescas". Precisamente a esa señora le dedica una nota en una de sus macetas "A la señora que me trae las uvas, muchas gracias" y le deja su número para poder contactarse en un futuro.


Y así el ajetreado e impersonal Londres parece, incluso, quedar lejos para llevarnos a un portal que tiene por bandera generosidad y confianza. Un portal donde, una vez más, quienes vuelven especial un lugar, son sus gentes.

   


17 de mayo de 2015

A Mario.

Recuerdo aún los veranos tomando mates viendo, refugiados en la camioneta, las siempre enojadas olas chocar contra las rocas. Los paseos, en La Paloma, en busca de caracoles a los pies del faro blanco impoluto que marcaría mi vida como pocas cosas lo han hecho. Los reencuentros felices son, para mí, sinónimo de Montevideo. Los puestos de artesanías con olor a arena y sabor a sal. Y los mejores helados, eternamente en posesión de Popi.

Recuerdo Uruguay como un lugar feliz, un lugar lleno de inocencia. Un lugar donde las estrellas brillan con más intensidad y la Luna se hace terrenal.

Recuerdo Uruguay como el lugar perfecto para leer, para ser un intelectual, no de esos de ahora que lo son solo por llevar gafas y camisas de cuadros, sino uno de verdad, con ideas e ideales. Un lugar para ser inteligente siendo feliz con poco y viviendo la vida sorbo a sorbo (de mate amargo).

Sin embargo a día de hoy Uruguay se convirtió para mí en algo más, en un lugar no físico cuando quiero escapar del ruido, del tráfico, de las conversaciones vacías. Uruguay se convirtió para mí en un libro donde siempre son las tres y diez y Rita vuelve a aparecer.Y es que si Montevideo es sinónimo de reencuentro, Uruguay lo es de Benedetti.

Nunca entenderé para que quieren (ellos, ustedes) los uruguayos a Gardel si con Mario ya lo tuvieron todo. Llegué a él a través de una borra de café y desde el primer momento supe que aquello era el principio de una larga amistad. Y digo amistad porque eso es lo que era Mario, un amigo que te hablaba desde la mesa de su cocina con el termo lleno y dispuesto a rellenarlo cuanto hiciese falta mientras hubiese algo que decirse. Y con Mario siempre hay lugar para la conversación, que no monólogo de escritor. Porque era capaz de hacer eso que solo unos pocos pueden, convertir lo simple en maravilloso y hacer de cualquier detalle una genialidad. Porque Mario convirtió a la muerte en una sorpresa de la vida y le rompió las esquinas a la primavera.

A Mario le debo tardes, noches, mañanas, y sobre todo amaneceres, de lectura intercalando sonrisas en los labios con miradas borrosas. Porque Mario era un maestro en conseguir que el lector, convertido ya en amigo, lance un soplido por la nariz mientras esboza una sonrisa mezcla de complicidad y admiración. Porque gracias a él puedo, siempre que quiera, viajar a esa esquinita en el sur de América, bañada por el Atlántico. Porque gracias a él las palabras cobran más sentido, la magia se mezcla con la realidad creando pura poesía. Porque Benedetti es exilio, y el exilio es nostalgia. Y porque gracias a él aprendí a vivir obviando los muros de la cárcel para poder admirar la intermitente luz del faro. 

No creo en el cielo ni en el más allá pero sé con total certeza que, desde hace seis años, la vía láctea que tanto amaste brilla con aún más intensidad.

Eternamente gracias, gracias por tu fuego.

Una montevideana nacida en Buenos Aires.

21 de febrero de 2015

Un mundo viral.

En el insomnio está la reflexión. Es en ese momento de la noche en el que uno no puede dormir cuando surgen los pensamientos más intensos, los monólogos más largos, la inspección más profunda de uno mismo y sus recuerdos. A veces sin embargo cuando todo eso está hecho y el insomnio sigue, se pasa al análisis de las cosas más cotidianas, las más sencillas y de repente todo se convierte en absurdo, las actividades más normales pierden todo su sentido y uno se queda ahí, en la oscuridad de su habitación sin entender nada. Entonces tenés dos opciones: Intentar dormir con la esperanza de que a la mañana siguiente la vida vuelva a cobrar sentido o empezar a ver el mundo con recelo y volverte cada vez un poquito más loco. La primera opción es la más sana, la segunda la más humana.

Esta noche intentaba dormir sin éxito cuando, vaya usted a saber por qué, me vi pensando en lo peligroso de las redes sociales. En la cantidad de mediocridad a la que nos vemos expuestos día a día, en ese éxito fugaz de cosas de dudosa calidad a la que llamamos "virales". Esos cinco minutos de fama que ahora llegan a millones de personas a través de sus pantallas, que inundan tu muro y que ves, casi con frustración, como van subiendo como la espuma, como cada vez hay más, más likes, más comentarios. Un pollito que parece haberla liado mucho, otro que dice pío, no sé cuántas preguntas para enamorarse o unos desconocidos que sin necesidad de preguntas se comen a besos tras mirarse unos segundos a los ojos delante de la cámara.
Uno se contiene de verlo porque sabe que poco o nada aportarán a su vida pero de repente te ves fuera de ese círculo, de esa masa a la que llaman sociedad, y te preguntás si estarás solo. Todos parecen estar como locos queriendo saber qué color son, qué animal, en qué país deberían haber nacido... Todos parecen realmente incrédulos cuando una página anuncia en un titular "no vas a creer lo que este novio le dijo a su chica" o "jamás imaginarás lo que hizo este perro".

Pues no, no me interesa saber qué color soy, en qué país debería haber nacido, qué lió no sé qué pollito o qué hizo ese perro cuando vio a un niño ahogándose. Me interesa entender qué lleva a tanta gente a interesarse por esa clase de cosas y sobre todo, a compartirlo como algo que realmente vale la pena hacer ver a sus contactos. ¿En qué momento sucumbimos de forma tan absoluta a la mediocridad? ¿En qué momento la cantidad pasó a pesar más que la calidad? ¿En qué momento se dejó el raciocinio de lado para no darte cuenta de que no, nadie va a drogarte en un parking con la excusa de probar un nuevo perfume? Mensaje que por cierto, creo que leí por primera vez allá por el año 99, se ve que la policía se está tomando el caso con calma.

Caso aparte son esos artículos tan intelectuales de "20 cosas que debes hacer antes de los 30" como si entonces se acabase la vida y más te vale estar casado, con hijos y un trabajo fijo que maldigas cada día. O esos de "15 motivos por los que salir con una chica que viaja es genial", que después te das cuenta de que también lo es si lee, si es enfermera, periodista, se hace la dura, va de dulce, es deportista o cualquier cosa que haga cualquier chica, simplemente salir con ella será genial según mil artículos distintos dando vueltas por Internet. Y tranquilos, no se preocupen ustedes, que la redacción será de lo más pobre y cuantas más faltas de ortografía mejor, que en la red no hay presupuesto para correctores, Y yo me pregunto ¿Qué obsesión tenemos con las listas? Ahora lo cool es escribir artículos con 20 mini titulares en negrita y un número delante para seguir con un desarrollo vulgar a sabiendas de que pocos lo leerán porque lo que prima es la prisa, el no perder el tiempo en leer mucho, vaya a ser que un niño imitando a Beyoncé se vuelva viral en cinco segundos y nos lo perdamos.

Son las dos de la mañana y el dolor en la rodilla derecha que me mantenía despierta parece cesar, pero ya es tarde, ya entré en un bucle de absurdo, de rechazo, de frustración hacia la sociedad en la que me tocó vivir que el insomnio no va a irse tan fácilmente. Y es que sí, es preocupante, es preocupante ver como gente preparada, estudiantes, profesionales, cae en la mediocridad de lo fácil, de lo que encontrás sin necesidad de buscarlo, simplemente te lo ponen delante de los ojos esperando a que los abras lo suficiente como para verlo pero no tanto como para cuestionarlo. Parece que de repente perdimos la capacidad de razonar, de cuestionar, por no hablar de la capacidad de investigar, de indagar. Y en cuestión de segundos miles de ojos lo ven, lo comparten, lo comentan y todos se vuelven parte de lo mismo, de una masa que ve sin mirar.

4 de febrero de 2015

España no es Europa.

El pasado viernes 30 de enero se aprobaba en el Consejo de Ministros el nuevo decreto con el cual el Ministro Wert (Ministro de Educación, Cultura y Deporte) pretende adaptar las titulaciones universitarias españolas a las del resto de Europa.
Actualmente en España las universidades se rigen por el llamado "Plan Bolonia", implantado hace 5-6 años, dependiendo de la universidad, que, con la misma intención de europeización, igualó todas las titulaciones a cuatro años; desapareciendo así la distinción previa entre licenciaturas (cinco años) y diplomaturas (tres años). Ahora lo que se pretende es, siguiendo el modelo europeo, imponer tres años de carrera más dos años de máster.

Muchos son los que se han llevado las manos a la cabeza al ver eso del "3+2" y en parte se entiende. Si bien es verdad que el resto de Europa sí sigue ese modelo, los precios de los másters son equivalentes al del grado previamente cursado. Pero en España no, en España lo que el Ministro Wert propone es que los másters sigan costando el ojo de la cara que cuestan actualmente (entre 4000-7000€ anuales) y que sean de obligado cumplimiento para tener una titulación que sirva de algo. Y cuando digo "una titulación que sirva de algo" me refiero a que puedas irte con ella al extranjero en busca del trabajo que no encontrarás en España.

Lo que el Ministro Wert y muchos de los ciudadanos españoles no entienden, es que España no es Europa. Y no, gracias, no hace falta que nadie me muestre un mapa, sé perfectamente en qué punto geográfico tuvo España la suerte de caer.
España no es Europa porque en Europa la educación es gratuita y se paga a los estudiantes un sueldo para afrontar parte de sus gastos educativos.*
En Europa la gente habla inglés. 
En Europa la gente viaja, viaja de verdad, no de turismo en verano. La gente vive en otros países donde estudia o trabaja porque es consciente de su situación de ciudadano europeo. 
En Europa la gente sabe que en República Checa se habla checo y no francés. 
En Europa miles de jóvenes se toman un año  para viajar o trabajar en países distintos al suyo antes de empezar la universidad y lo llaman "gap year". En España lo llaman "ser una bala perdida".
En Europa los jóvenes se van de casa cuando empiezan la universidad, no cuando se casan a los 30. 
En Europa es posible compaginar estudios con trabajo, trabajo remunerado, que no prácticas gratis. En Europa se da un valor a los estudios que en España ni se atisba. Tanto profesores como alumnos valoran lo que significa estar en la universidad por lo que los primeros no hacen perder el tiempo a los segundos con temario vacío y los segundos se empeñan al máximo para obtener el mejor expediente académico posible.

Y no hablo desde el idilio, hablo desde quién veía con incredulidad cómo los universitarios italianos rechazaban su nota, presentándose a una segunda o tercera convocatoria de examen al no conformarse con un simple 18 (se puntúa sobre 30, aprobando a partir del 18) sino que buscaban la nota más alta posible. Hablo desde quien ve con admiración y cierta envidia a amigas checas de tan solo 19 años que están trabajando en Reino Unido antes de empezar sus estudios y después de haber vivido previamente en España para aprender un tercer idioma. Hablo desde quien está harta de escuchar a españoles en el extranjero quejándose de cuánto extrañan el jamón, el solcito y las cervezas baratas sin siquiera valorar, ni un mínimo, la oportunidad de poder vivir fuera de tu país de forma legal, con todos los privilegios de quién sí posee esa ciudadanía, 

Así que señor Wert, me parece perfecto que quiera usted europeizar España pero todavía queda mucho camino por recorrer y no nos tome por tontos, que ese camino, desde luego, poco y nada tiene que ver con impedir a los jóvenes el acceso a la universidad.
Y es que, como ellos mismos dicen, "Spain is different" y si algo se puede hacer rápido y de mala manera bajo una excusa poco creíble, no duden que así se hará.






*La educación es gratuita en varios países europeos, no en todos. Así pues, en países como Alemania, Dinamarca, República Checa, Suecia, Finlandia, Islandia o Noruega, no se paga por el acceso a la educación. Lo mismo sucede con los llamados "sueldos estudiantiles", solo se aplica a ciertos países.

27 de enero de 2015

Setenta años y mil porqués.

Siempre es difícil enfrentarse a las hojas en blanco (ya sean físicas o virtuales) pero hay ocasiones en la que la dificultad es aún mayor; y no por falta de ideas, sino por la cantidad abrumadora de sentimientos e ideas que se mezclan en la cabeza de quien escribe. Hoy es una de esas ocasiones. Hoy se cumplen 70 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz.

Hace poco menos de un año tuve la oportunidad de recorrer con mis propios pies, ver con mis propios ojos y sentir con cada centímetro de mi cuerpo aquellos "campos de trabajos forzados" situados al oeste de Cracovia.
Desde ese primer momento tuve la necesidad de escribir sobre esa experiencia pero nunca lo hice y con el paso de las semanas, meses, temía que ya no pudiese hacerlo por haber perdido la emoción, la sensibilidad inmediata del momento. Sin embargo hoy la piel se me sigue erizando de la misma manera que lo hizo once meses atrás.


A día de hoy, los campos de concentración (Auschwitz y Birkenau) se han convertido en una especie de museos donde los visitantes pueden ver dónde dormían los reclusos, fotografías de los mismos (junto con sus fechas de entrada y "salida" del campo... Raro era el que superaba el mes y medio), las cámaras de gas, un patio donde eran fusilados desnudos tras haber recibido un falso juicio por algún delito inventado. También en uno de los edificios se pueden ver las pertenencias de quienes entraron allí tras un viaje en tren que no puedo ni imaginar.


Recuerdo aquella guía que nos iba informando de cada suceso, a cada cual más espeluznante que el anterior, la recuerdo bajita, pequeña, frágil, con la voz quebrada y la mirada siempre en el suelo.
Recuerdo mis ojos acristalados durante toda la visita. Recuerdo el silencio atroz, las miles de maletas amontonadas tras una cristalera, con los nombres de sus dueños escritos en letras enormes.
Recuerdo las cabelleras, las ollas, las cenizas... Pero sobre todo recuerdo cómo unos zapatos en especial llamaron mi atención. Entre una montaña de zapatos grises, zapatos polvorientos, rotos, se veían unos zapatitos rojos que no deberían superar el número 20. De repente pude ver la historia detrás de esos zapatos, pude ver a una niña yendo con su madre a la tienda de su pueblo en busca de unos zapatos que llevar a la plaza, unos zapatos de los que presumir delante de sus amigas. Vi a esa niña, vi su sonrisa cuando se los probó por primera vez y decidió que sí, que se llevaría esos zapatos rojos que tan bien le quedaban con aquel vestidito de fiesta. Vi a esa niña poniéndose esos zapatos la mañana en la que se la llevaron para, a base de gritos y empujones, meterla en un tren hacia su propio infierno. Vi a esa niña correr, presa del miedo y el desconcierto, por las mismas piedras que pisaba yo ahora. Y de repente quise abrazarla, quise sacarla de ahí, quise poder llevármela y que jamás tuviese que volver a preguntarse por qué, que jamás tuviese que volver a preguntarse en qué momento esos seres humanos había perdido toda su humanidad.

Pero no pude. Solo me quedó volver a la realidad, cerrar los ojos y que aquella sonrisa con esos zapatitos rojos llenos de inocencia arrebatada se quedasen fijos en mi retina para el resto de mi vida.



12 de octubre de 2014

Domingo lluvioso.

Ya no sé ni cuándo empezó a llover. Supongo que ni me di cuenta, incluso antes de que cayese la primera gota, el día de hoy ya era un domingo lluvioso. 
Si hay algo triste son los domingos pero si además a eso se le suma la lluvia y el silencio absoluto de una casa vacía el resultado final solo puede ser uno: Nostalgia. Nostalgia de lo que sea, da igual, pero será una de las nostalgias más intensas que puedas sentir.

Nostalgia de lo que ya no se tiene, de ese pasado idealizado al que nunca volverás. Pero también nostalgia del futuro, de aquello a lo que querés llegar y no sabés cómo. Anhelo de estabilidad, quizás, de un rumbo, de un horizonte al que mirar. Los domingos parecen ser tristes por naturaleza. Una tarde de domingo está hecha para pensar en el fin de semana que se termina y que nunca nos parece haber sido suficiente, eso que queríamos hacer el sábado a la mañana al final no lo hicimos o si lo hicimos no fue para tanto; la semana está a punto de empezar ¿Y entonces qué? Otra vez vuelta a la rutina y nos encontramos durante cinco días pensando en esos dos de descanso que están por venir y en los que volcamos todas nuestras ideas, planes o deseos.

Vivimos admirando los fines de semana para desilusionarnos los domingos al comprobar que no fue nada especial. Pero quizás el problema no sea el domingo sino nosotros, nuestro creer que la semana no vale, nuestro "ya lo haré en otro momento" pero mientras tanto perdemos el tiempo. Lo perdemos con una facilidad aterradora, como si siempre fuese a estar ahí. Pero no lo estará, ni es tanto como puede parecer. Damos por hecho la vida... ¡La vida! Que es lo menos asegurado de este mundo, lo más volátil. Creemos que mañana nos despertaremos y ahí estaremos, abriendo los ojos en nuestra cama pensando "cinco minutitos más". Desengañémonos señores, la cama seguirá ahí, los cinco minutos más también pero nosotros, nosotros somos de todo menos algo seguro.

El problema no es de los domingos, no, el problema es nuestro creyendo que solo tenemos dos días de cada siete para hacer aquello que queremos. La vida es muy corta, amigos, demasiado. No se queden anclados en lo que no fue y salgan a buscar lo que vendrá. No se queden anclados en deseos "inalcanzables", en relaciones sin sentido, en trabajos opresores, en amistades intermitentes. Preocúpense un poco menos de qué filtro poner a sus fotos de cervezas y preocúpense más en tomarlas con la compañía adecuada o en la mejor de las soledades. 
Preocúpense por vivir, que no es fácil, pero créanme que valdrá la pena. 

Porque como me dijo una vez un hombre muy sabio, la vida empieza cada día.









5 de noviembre de 2013

Silencios.

En Periodismo y en la vida en general, hay una lección que debemos aprender pronto y es la de la importancia de ciertos silencios frente a una montaña de palabras.

Esta mañana en Madrid se celebró un desayuno informativo a cargo de la "Nueva Economía Fórum" al cual acudió José Luis Bonet (Presidente de Freixenet y Presidente del Foro de marcas renombradas españolas), presentado por Miguel Arias Cañete (actual Ministro de agricultura, alimentación y medio ambiente). Dicho encuentro llevaba el nombre de "Foro España Internacional" y en él se trataron sobre todo, temas relacionados con el vino español, la marca España, el boicot al cava catalán... Pero entre tantas palabras se tocó algo de absoluta actualidad: Estudiar en el extranjero.

El Ministro Arias Cañete, en su presentación de José Luis Bonet, afirmó que el éxito de la empresa Freixenet se debe a tres grandes pilares: Internacionalización, diversificación y crecimiento. Palabras que me vienen inmediatamente a la cabeza al pensar en mi Erasmus; internacionalización lingüística, diversificación social y cultural, crecimiento personal y profesional. 

Por su parte, José Luis Bonet, una vez presentado cual mártir de vaya usted a saber qué batalla, quiso iniciar su discurso con algo que le toca de cerca: La Universidad. Entre todos sus empleos y cargos aparece también el de profesor universitario y como tal quiso dar su opinión sobre la Universidad en España, la cual considera, debería pasar una pequeña limpieza para que solo estén en ella, aquellos que realmente estudian, pero sobre todo, debería ser aquella que fomenta la salida de los jóvenes para que se formen en el extranjero. El Presidente de Freixenet defendió la importancia que tiene que los estudiantes salgan al mundo y recalcó el valor añadido que obtiene tanto la persona como su país de origen (una vez que ésta vuelva) de estas experiencias en el exterior. 
José Luis Bonet afirmó que en esta sociedad globalizada en la que nos encontramos, es imprescindible para los estudiantes salir fuera para conocer el mundo, mundo en el que en un futuro (cada vez más cercano) trabajaremos, en el que lucharemos por aquello que nos pertenece, y en el que tenemos que saber cómo movernos, cómo adaptarnos a él. Por ello, afirmó rotundamente, que las experiencias en el extranjero deberían ser parte obligada en la formación de los jóvenes, no de su carrera profesional como dicen muchos, no; de su formación, una asignatura más a la que todos deberían enfrentarse.


Una vez acabado el discurso del ponente, se inicia la ronda de preguntas (en la cual, aquellos que quieran hacer una pregunta, han debido formularla ya de forma escrita, para que más tarde, la plantee el Presidente del Foro). Así pues, todas la preguntas se centraron en vino, boicot a los productos catalanes, independencia catalana, la campaña publicitaria de Navidad de la marca... ni una sobre el tema de las becas Erasmus. Bueno sí, las que no se leyeron, entre ellas, la mía.
Nada, ni una palabra sobre el impedimento cada vez mayor a la formación en el exterior, a la adaptación a la globalización, al conocimiento del mundo en que vivimos. Nada, una vez más, el vacío, el silencio. Un silencio que retumbó en toda la sala entre tanta burbuja dorada. 



Y quisiera acabar, y acabo, con una acotación para aquellos que siguen diciendo que la beca Erasmus no es más que salir de fiesta y emborracharse. Esta mañana y sin él saberlo, el Ministro Arias Cañete os respondió con un magnífico "Si no tienes calidad, no puedes ir por el mundo". Poco más que añadir.
   

4 de noviembre de 2013

Erasmus, mucho más que una beca.

Hay días para todo, días para la alegría, días para la tristeza, para la nostalgia.. y así como están todos esos días, están aquellos para la rabia y la impotencia. Por desgracia hoy es uno de esos días. 
A las 11:00 de la mañana, gracias a un compañero de clase, me llegaba la noticia de la supuesta supresión de las becas Erasmus a aquellos que en el año académico anterior no hubiesen disfrutado de la beca que otorga el Ministerio de Educación; es decir, a aquellos que llevan ya dos meses disfrutando de su beca Erasmus (de la estadía, que no del dinero), ahora se les dice que "¿Oiga, recuerda el dinero que se le prometió para vivir estos meses? Pues vaya usted olvidándose". 
Indignante cuanto menos, sí, pero personalmente lo que realmente me indigna no es eso. Lo que realmente me pone de los nervios es la idea que tiene la sociedad en general de esta beca, lo que me pone de los nervios son los comentarios de aquellos que nada saben del Erasmus, defendiendo que es una medida poco escandalosa, "total, se lo gastan todo en beber".
Pues les voy a contar una cosa: Todo estudiante se emborracha, sea Erasmus o no; todo estudiante falta a clase algún día porque no le da la gana ir; todo estudiante sale de fiesta, todo estudiante deja el estudio para el último día. Nadie puede negar, y yo no lo haré, que la vida académica Erasmus es fácil (siempre depende del destino y de la carrera, como todo) o por lo menos más fácil que en tu ciudad de residencia. Nadie puede negar que las fiestas de los Erasmus suelen desmadrarse más de lo normal. Pero queridos amigos míos, la beca Erasmus es mucho más que un año académico, es un año vital, un año de experiencias personales (y profesionales) imposibles de alcanzar cuando no sales de casa. 

Y lo que me pone más aún de los nervios, es que ya no son solo los estudiantes o profesores, ahora son incluso los medios, y es que no hay más que ver la foto con la que El País ilustra la noticia sobre la supresión de la parte que corresponde pagar al Gobierno.


¿De verdad este es el Periodismo que se practica en uno de los medios más importantes del país? A lo largo de la noticia se muestra indignación, estar en contra de la medida, sensiblerío barato "a los alumnos más pobres", dice el titular, ¿Y luego? Luego nos ponen como foto principal un grupo de estudiantes Erasmus tomándose unas cervezas en un 100 Montaditos... ¿Cuántos de los que leerán esto pueden decirme que nunca ha ido con sus amigos a aprovechar las jarras a 1€ los miércoles?
Y no es solo esta, la otra foto con la que se ilustra la noticia, son tres estudiantes (esta vez no se dice si Erasmus o no) en la cafetería de la Università di Bolgna.
No señores, no, no caigamos en la hipocresía y en el ataque fácil a algo que, el 100% de quienes lo critican, no tienen ni idea de lo que significa pasar por nada de lo que se pasa en el año más importante de miles de personas en toda Europa desde 1987.

Conozco gente que lleva años quejándose de no aprender nada en su carrera y luego dicen que para qué sirven las Erasmus, ¿Y la Universidad actual para qué sirve? Desde mi propia experiencia personal, no he aprendido nada, ni a nivel académico ni personal, en los cuatro años que llevo de carrera en la Universidad Complutense de Madrid, y cuando digo nada es nada, cero, el vacío. La única buena experiencia que me llevo de esto es haber podido salir fuera y aprender a valerme por mí misma, a ser mejor persona, a aprender a ponerte en la piel del otro, a convivir, a creer en uno mismo y no venirse abajo ante los obstáculos que puedas encontrarte; además en mi caso, aprendí un nuevo idioma, un idioma que uso a diario y que manejo casi a la perfección y sí, lo conseguí sin dejarme un dineral en academias.
Porque la vida, señores, se aprende a vivirla, viviéndola. Y eso es el Erasmus: un aprendizaje de vida. Nada más y nada menos.






*Enlace para firmar la petición a favor de la retirada de dicha propuesta
http://www.change.org/es/peticiones/ministerio-de-educaci%C3%B3n-que-se-mantengan-las-becas-erasmus-para-universitarios-que-no-reciben-la-beca-general-erasmusrip?share_id=akttxupXgj&utm_campaign=autopublish&utm_medium=facebook&utm_source=share_petition


*Noticia de El País
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/04/actualidad/1383570089_271346.html

21 de julio de 2013

Depresión pre-post-Erasmus.

A cuatro días de poner fin a este año, recuerdo cuando me faltaban cuatro días para iniciarlo y las ganas locas que tenía. Recuerdo cómo el tiempo jugaba cual enemigo y no solo quería, sino, necesitaba que el día de partida llegase ya. Ahora es igual, no pero sí. La mayoría ya se ha ido, ya no hay nada que hacer y lo poco que se hace se hace casi sin ganas. 

Me despierto cada mañana y lo primero que miro no es la hora sino la fecha, "Un día menos" me digo. Y no es que quiera volver, es simplemente que sé que tengo que hacerlo y que no hay vuelta atrás. Es como estar en un sueño siendo consciente de que lo es y sabiendo que tienes que despertarte, basta, ¡Suena ya alarma! No me tengas más tiempo durmiendo, cada día con una nueva despedida, cada día calculando cuánto falta para que acabe, basta, si acaba, que acabe ya, no lo alargues más.
Y al mismo tiempo que piensas eso piensas en no querer irte nunca, pero ya está, la bipolaridad ya no tiene sentido, tienes que volver, tienes el billete contigo, la fecha de vuelta y la maleta a medio hacer, ya no sirve el pensar que aún hay tiempo para hacer esto o esto otro, ya no puedes refugiarte en el "aún me queda tiempo" porque no, no te queda. Estás simplemente en una cuenta atrás de algo que no quieres que llegue; pero que llegará, y en vistas de que así será, que llegue lo antes posible, porque no, ahora mismo ya no disfrutas de nada, ahora mismo solo piensas en que te vas, en que tu compañero de piso ya se fue y no te queda más remedio que empezar a hacer planes en tu ciudad de origen y no aquí, en tu casa adoptiva, en la ciudad que tan feliz te ha hecho.

Y aquí estoy, tirada en la cama pensando en porqué nadie habrá inventado ya la fórmula para detener el tiempo, o para volver atrás. Será mejor así, habrá que seguir, habrá que ejercitar la memoria recordando este año siempre que pueda, pero ahora mismo daría lo que fuera por detener el tiempo. Por quedarme aquí, tirada en esta cama de por vida, sin más despedidas sin más "¿Qué día te vas?", sin más días tachados en el calendario. Tan solo quiero la eternidad que llevo grabada en la piel, una eternidad en la que el tiempo no vuelva nunca más a ser el enemigo.




Y cómo no, en Salerno empieza a llover.




8 de junio de 2013

...Casi tanto como una eternidad.

Te despedirás de tus amigos en tu ciudad. Tendrás que meter todo tu armario en una sola maleta. Te despedirás de tu familia en el aeropuerto. LLegarás a un país nuevo, con gente nueva y sobre todo, con un idioma nuevo. Irás a la universidad cual novato indefenso. Estarás solo, lejos de tus amigos y familiares. Pero ¿sabéis qué? Nunca en todo lo que dure tu Erasmus harás nada más difícil que un simple gesto frente a la pantalla de tu ordenador: Comprar tu billete de vuelta.
Nada será más duro que ver cómo la mejor experiencia de tu vida está llegando a su fin; y nada más duro que saber que tienes que ser tú quién elija la fecha de ese fin. 

Llevo semana y media metiéndome cada día a ver los precios de los vuelos Roma-Madrid, viendo las variaciones según qué día me vaya... Y así, como el que no quiere la cosa, he llegado hasta el 16 de agosto en el calendario de la página de internet. Y como curiosidad, era bastante barato.
Me niego, no puedo elegir un día. No puedo comprar ese billete. No puedo imaginar cuando me despida de mis amigos en mi nueva ciudad. Cuando meta 10 meses en una sola maleta. Cuando me despida de mi nueva familia en el aeropuerto... No quiero llegar a un país viejo, con la gente de siempre y entendiendo todo lo que oiga a mi alrededor. No quiero volver a quejarme de lo mal que funciona mi facultad, de los profesores que se dedican a leer apuntes que tienen desde el año 2000...

Y no me malinterpretéis, claro que quiero volver a estar en casa, con mi familia, amigos, en mi cama, teniendo que madrugar para coger el 687, jugando con mi gata, yendo al 100 montaditos de Príncipe Pío los miércoles... Pero sé que eso siempre estará ahí, aún habiéndolo dejado un año, siempre he sabido que eso seguirá ahí, esperándome. Pero ¿Y el Erasmus? El Erasmus acaba y no vuelve nunca. No estará esperándome para cuando decida volver. 

Parecerá absurdo, al fin y al cabo, cuando aceptas irte, sabes que así como te vas, tendrás que volver, pero jamás esperas encontrar todo lo que está por venir. Por lo menos, siempre te quedará la experiencia, el recuerdo y toda esa gente que lo ha hecho increíble, un año lleno de cosas maravillosas y a las que, bueno, en cierta medida, sí que podrás volver siempre que quieras, viendo quién eres ahora.








Y sí, sigo sin tener fecha de vuelta.




5 de marzo de 2013

Mi lugar. Mi seguridad en el mundo.

Hoy me disponía felizmente a acudir a la universidad cuando al llegar a la parada del autobús, me encuentro con la agradable sorpresa de que hay huelga y no pasará ningún bus que pueda llevarme a clase a la hora necesaria y mucho menos, asegurarme que vaya a pasar más tarde por la universidad y me traiga a casa tranquilamente, así que, qué remedio, a casa otra vez y a aprovechar un poco el día tan veraniego que hace. 
Una vez llego al portal, me encuentro con una entrañable señora y su carro de la compra, leyendo atentamente el cartel que hay colgado, con motivo de Pascua, en la puerta del edificio. Entonces al darle yo los buenos días, dedujo que era la persona indicada para preguntarle cuándo pasaba el Cristo por nuestra calle. Sin pensarlo dos veces, decidí ayudar a la señora en su búsqueda del buen camino y finalmente lo encontré (quién me lo iba a decir). Contentísima me dio las gracias y me auguró una muy buena mañana. Y así terminó, sin más ni menos, un momento tan carente de interés, tan corto pero tan importante para mí. Subí las escaleras, no solo contenta de haber ayudado a la señora, sino orgullosa de haber entendido lo que me decía y haberle sabido responder con un resultado  más que satisfactorio. Y sí, tal y como imaginan, de ahí, de algo tan tonto, surge todo el vendaval de pensamientos que me dispongo a teclear a continuación, sin pausa alguna. 

Supongo que todo el mundo extraña su infancia en cierta medida, esa sensación constante de libertad, la falta de preocupaciones, el descubrir algo nuevo cada minuto y protección las 24 horas del día. Pero a veces pienso que yo la extraño todavía más. A veces pienso que nunca dejé atrás mi infancia, pero no por la infancia sino por el lugar. Mi infancia no es una edad, no es un tipo de vida. Mi infancia es Argentina. Mi extrañada y ansiada Argentina. Ese país del que me gusta ser, al que siempre digo orgullosa pertenecer. Pero ese país del que todo aquello que recuerdo es mi infancia. Recuerdo los juegos, la inocencia, los paseos en bicicleta, las ganas de llegar a casa de la escuela para comerme una compotera enorme de cereales. Recuerdo la felicidad y la libertad, la alegría, la curiosidad. Idealizada, esa es la palabra exacta, sé que la tengo totalmente idealizada, pero no puedo hacer menos, es mi infancia es mi tierra, mis orígenes y mis raíces. No puedo despreciarlos, no puedo ni quiero renegar de ellos. Tuve que abandonarlos físicamente pero no estoy dispuesta a abandonarlos y borrarlos de mi memoria. 
Tuve que dejarlos un poco atrás y crecer rápidamente, abandonar todos aquellos recuerdos de una forma más drástica de lo que suele hacerse. Aunque tampoco puede decirse que haya tenido que abandonarlos por completo. Por supuesto, mi infancia siguió en España, en los "exilios" como diría Benedetti en su Primavera con una esquina rota; pero nunca llegaron a ser como los primeros, como los originales. 

Entonces pienso en ahora. En estos meses también tuve que crecer de forma avanzada, atolondrada más bien. Cierto es que la libertad no me abandonó en este tiempo, de hecho, se hizo mayor, pero con ella vinieron las responsabilidades, y esta vez más grandes que nunca. Ya no vale ninguna excusa, ni ningún "hoy estoy cansado, que lo haga otro". Ahora todo depende de mí y todo es para mí. Tengo que hacerlo todo lo mejor que pueda, y señores, debo decirles que eso, es de lo más agotador. Por otro lado queda la protección: Adiós muy buenas y si te he visto no me acuerdo. 
Cuando no estás en tu país, la protección es lo primero que desaparece; y cuando estás en un país ajeno donde la lengua es otra, no se  puede hacer más que tener la ilusión de que algún día existió algo llamado "protección". Es una sensación continua de peligro, y más que de peligro, de abandono, de un abandono donde todo depende de uno mismo y nada ni nadie puede ayudarte, ya no porque no quiera, sino simplemente que no puede. Basta un simple gesto como usar el transporte público para sentirte como un nene sin padres, es subir ese escaloncito, que ni siquiera es escalón, sino simplemente una altura, para que ya entres en estado "Soy extranjero" y el único pensamiento que te pasa por la cabeza es "¿Seguro que era este número el que tenía que tomar?". De repente el camino te parece otro, no reconoces ninguna calle y te parece que todo el mundo te mira, sabedores de tu pérdida (física o psicológica). Y claro, ustedes lectores dirán, no es para tanto. ¡Claro que lo es, y más todavía! Porque no conoces el idioma, y entonces te sientes desprotegido. Nadie puede ayudarte y te vas a perder, pero mejor será seguir en el autobús a bajarte y encima correr el riesgo de que alguien te pregunte dónde queda la calle tal o qué hora es y no sepas responder, cual nene que nada sabe. No, no, de eso nada, mejor en un lugar cerrado y que sabes, tarde o temprano tendrá que volver al punto de partida. Minutos (Horas, si se trata de Italia) más tarde, sin saber ni cómo, resulta que llegas al destino que querías llegar y piensas que seguramente haya sido una alegre casualidad, y rápidamente, sin perder mucho tiempo, no vaya a ser que la suerte termine, te bajas pensando en lo afortunado que fuiste. Hasta que llega el día siguiente y otra vez, la aventurita. 
Y créanme, da igual cuántas veces hagas el mismo trayecto, si vas solo, la duda nunca te dejará tranquilo. Y aclaro, si vas solo, porque si vas acompañado vas protegido... de alguien igual de perdido pero perdido más perdido, igual a ignorancia feliz. 
Y bueno, mejor dejamos a un lado el supermercado, ese lugar lleno de carteles enormes indicando ofertas en productos que ni sabes qué son, donde por suerte se inventó el congelado y el embutido envasado y no hay obligación de hablar con el charcutero o el carnicero para pedirle nada; y donde el llegar a caja se convierte en una aventura del "por las dudas, digo a todo que sí y sonrío".

En fin, retomando el hilo inicial, por hache o por be, últimamente recuerdo muchas sensaciones de aquellas felices épocas, olores, lugares que hicieron de mi infancia un paraíso de recuerdos donde acudir siempre que quiero... Y me muero de ganas de volver a todo eso. Digo querer volver a ser una nena de 6 años y jugar cada tarde al hotel, la veterinaria, la maestra, las carreras de triciclo en el patio... Pero a veces no termino de tener claro si es esa inocencia y despreocupación lo que extraño o si por el contrato es la protección de Argentina, mi extrañada y ansiada Argentina. 

¿Pero saben qué, queridos lectores? Entonces lo pienso todavía mejor y me convenzo de que no hay nada como abandonar la protección por un tiempo y empezar, como un niño, a descubrir emoción en cada detalle insignificante de este mundo. Porque nunca, un viaje en bus o una compra habrá tenido tanto de aprendizaje, ni nunca te sentirás tan orgulloso de vos mismo como cuando conseguís indicar a alguien cómo llegar a la calle tal, en una ciudad que no es la tuya y en un idioma que no terminás de dominar. Porque nunca te sentirás mejor, perdido, sí, cansado a veces, también, pero cuando lo consigas y el punto de llegada esté delante de vos sin que nadie te haya indicado el camino, entonces sabrás que todo lo anterior, valió la pena. Y sabrás a ciencia cierta, de todo aquello que sos capaz. Capaz de cosas que antes, ni hubieses podido imaginar pero que, créanme una vez más lectores, una vez las vivan, jamás las olvidarán. 
Y crearán un nuevo y mayor paraíso de recuerdos donde acudir siempre que lo extrañen o que duden de sí mismos, y sabrán que un día lo consiguieron. Y, díganme señores lectores, si un día lo consiguieron, ¿Por qué no hoy también? 







Quisiera, y de hecho lo hago, dedicar este pequeño pedacito de blog. a los futuros aventureros Jorge y Dani, porque confío ciegamente en que, poco a poco encontrarán esa seguridad y fascinación en tierras polacas, y que cuando lo hagan, lo podrán hacer en cualquier rincón del mundo. Porque aunque aún no lo sepan, todo aquello que hoy les produce vértigo, mañana les dará una felicidad inmensa. Felicidad que desde ya, estoy deseando compartir con ustedes. 

18 de diciembre de 2012

De rareza en la normalidad va la cosa.

Me decía mi madre el otro día que llevo mucho tiempo sin escribir en el blog, y yo contesté que nunca tengo suficiente tiempo o inspiración pero que tengo montones de entradas a medio hacer en mis borradores. Entonces, horas más tarde empecé a pensar en esos textos inacabados que con tanta ilusión empezaban. Cierto es que casi nunca tengo el tiempo suficiente que se necesita para ponerse a divagar como es debido pero supongo que podría sacarlo de alguna forma. No creo que todo sea cosa del tiempo, creo que en la mayor parte de esas entradas que se quedarán eternamente en "Borradores", había demasiado de mí, demasiado que contar, demasiada desnudez que con o sin tiempo, no estoy del todo segura de querer compartir. También influye mi perfeccionismo obsesivo, ese que hace que cambie una frase mil veces hasta estar medianamente contenta con el resultado. Pero hoy es distinto, hoy decidí escribir lo primero que me venga a la cabeza, sin pensar, sin cambiar frases, simplemente dejando que mis dedos se muevan por el teclado a sus anchas; hoy mi cerebro no manda, hoy solo tengo manos libres dispuestas a llenar una página en blanco al son de un subir y bajar de veintisiete teclas.

Llevo ya cuatro días en Madrid, cuatro días en los que pude disfrutar de la familia y de mi queridísima Gatilli. Son ya tres noches durmiendo en mi cama, con mis tres almohadas y mis buenas mantas y edredón a prueba de cualquier frío polar, que por cierto, buena falta me harían en tierras italianas.
Ahora mismo son las 04:16, debería estar durmiendo porque mañana debería madrugar… debería, debería hacer muchas cosas pero no puedo, no puedo dormir, no consigo dejar de dar vueltas de un lado a otro de la cama, supongo que me acostumbré a las minicamas salernitanas y ahora no sé qué hacer en tanto espacio.

Se hace tan raro y tan acogedor esto, es otra vez ese sentimiento bipolar, el quiero y no quiero al que parezco empezar a tenerle demasiado cariño. Es raro volver, estar un día acá y al día siguiente allá, pero al fin y al cabo sé que habrá una vuelta en poco más de 15 días, sin embargo, en cierta medida, esto lejos de tranquilizarme, me hace pensar "¿Qué pasará entonces en verano?" No puedo dormir pensando en eso… ¿Cómo estaré después de casi 10 meses fuera? Y sobre todo ¿Cómo estaré cuando no sepa si habrá vuelta? No puedo soportar la simple idea de que no habrá vuelta, de que algún día este increíble año acabará y solo me quedará el recuerdo de los momentos, las personas y todo el aprendizaje que me habrá aportado esta experiencia única.
Qué duro se hace pensar que algún día dejará de ser normal bajar al sidis y hacer la compra de una semana, consistente en 4kg de todo tipo de pasta, las largas charlas con Alex en la cocina o la complicidad absoluta con Alejandro, planear adoptar todos los animales del mundo con Poly, los "Hey, how are you!!??.. Fine! And you??" con Guillaume, los gritos y saltos en cada estúpido encuentro con Laura y Franzis, y sobre todo, cruzar la estación de Via Vernieri para no volver a cruzarla en días… Qué duro sí, y qué maravilloso saber que esta normalidad, mi normalidad, la que volveré a tener el 4 de Enero, será siempre la mayor y mejor aventura de mi vida.  


Y hoy, siguiendo la tónica de la entrada y sin que sirva de precedente, quiero hacer especial mención a mi hermana, mi querida sorella. Grazie mille por la sorpresa, por la de la pared y sobre todo, por la de la mesita de luz =)



P.D: Que quede claro que no me hago responsable del resultado que haya tenido dejar a mi mente a un lado de semejante parrafada.

Como el buen turrón.

Viernes 14 de Diciembre. 
Empieza mi pequeño alto en el camino y al igual que cuando empezó no hago más que tener sentimientos encontrados. La bipolaridad no es tal como al partir pero ahí está, enfrentando las ganas de ver a mi gata con las de quedarme disfrutando de la lluvia salernitana y del buen café.

Recuerdo este verano cuando empecé a hacer la maleta algo así como dos meses antes de viajar, ¿quién adivina cuándo empecé la de este descanso navideño? Esta mañana, de hecho hasta hace 3 días no tenía ni maleta. Llamadme loca pero juraría que eso significa algo. Juraría que quiero quedarme, juraría que no quiero tener que dejar esta vida casi un mes… tener no,, no es tener, nadie me obliga a hacerlo, pero una vez hecho el compromiso habrá que cumplirlo (el compromiso y el gasto de dinero en los billetes, vaya).

Como persona responsable y puntual que soy, tengo desde hace un par de días todos los horarios necesarios de trenes a Nápoles, autobuses a aeropuertos napolitanos y milaneses… lo que viene siendo tutto, tenía perfectamente calculado a qué hora tenía que levantarme y salir de casa para llegar a mi destino tres horas antes por si acaso, por lo que pueda pasar por el camino. Pues bien, en mi vida al sonar una alarma por la mañana había sentido tal necesidad de seguir en la cama y ¿sabéis qué? Así lo hice, decidí seguir en mi cama “5 minutitos más” que se convirtieron en hora y media y decidí que me ducharía tranquilamente (más de lo habitual, que ya es decir), que me vestiría con calma, que comería lo que me diese la gana tardase lo que tardase y que cuando llegase a la estación de trenes, me subiría en alguno que me llevase a mi destino sin importar la hora. No fue del todo así porque por mucho que me empeñe mi histeria me sigue a todos lados y aún estando en el tren a Nápoles, aún teniendo hora y media de margen, los nervios de llegar tarde no me dejaban tranquila. Y mientras el tren se empeñaba en sumirme en un dulce sueño con su traqueteo, mis párpados luchaban por no cerrarse dejando a mis ojos total libertad para ver dove cazzo era.  

Pero bueno, no entremos en detalles porque como tenga que contar las 22 horas de aventura no acabamos nunca. Sí, 22 horas… tren a Nápoles, autobús al aeropuerto, vuelo a Milán Malpensa, autobús a Stazione Centrale di Milano, autobús a Aeroporto di Bergamo, vuelo de Milán a Madrid… Y todo esto con sus buenas horas de intervalo. ¿Y qué significa esto? Significa una noche en vela, significa demasiado tiempo muerto para una mente argentina. Sabía que en cualquier momento me plantearía el viaje, pensaría en todo lo que ha pasado estos tres meses… en fin, esas típicas reflexiones ultra profundas cuando estamos aburridos y no tenemos nada que hacer. Lo que no esperaba es que eso pasase en tan solo medio minuto que dura el viaje en ascensor desde el segundo piso de mi casa al portal.
Todavía sigo sin saber qué fue lo que hizo que ahora esté escribiendo desde un aeropuerto y no me haya quedado en casa, pero bueno, sea lo que sea lo que me haya hecho estar ahora aquí estoy segura de que hará que no me arrepienta.
Y sí, he dicho quedarme en casa, porque eso es Salerno, eso es Via Arce, eso es nuestro Palazzo con contenedores, sillones de ginecólogo, corriente eléctrica que viene y va y trivial antes de salir de fiesta: Casa. Una casa que tanto echaré de menos estos días.

18 de octubre de 2012

Qué bueno tenerte, Italia.

No es ninguna novedad ni ningún secreto, soy argentina y en mi ADN está definido así: Me gusta hablar. No es solo por afición, es más que eso, es una necesidad, no hay nada más placentero que poder estar durante horas mirando a una persona a los ojos mientras hablás de infinitas cosas, nada que me llene más que conocer a una persona a través del sonido de sus palabras, los gestos y esa pequeña delatora que por mucho que controlemos acaba diciendo toda la verdad: la mirada.
Otra cosa que no es ninguna novedad ni ningún secreto es que en 10 años que llevo viviendo en España jamás me sentí española, ni madrileña a pesar de que mi acento diga lo contrario, no tengo nada en contra del país, de su capital, su gente... pero no me pertenece ni yo le pertenezco. Me molesta que me llamen madrileña, no lo soy, no, da igual cuántos años lleves viviendo en un lugar, se es de donde se siente ser, y en mi caso me siento parte de todo y nada a la vez. Nunca creí en naciones, patrias o banderas, pero no se puede negar que la geografía hace mucho a la personalidad y que, cada día estoy más segura de esto, la sangre tira mucho.

Eran las pequeñas cosas las que me generaban incertidumbre antes de llegar a Italia, el hacer la compra, esperar al autobús... y ahora siguen siendo las pequeñas cosas las que marcan la diferencia entre las personas, entre los países. Esas pequeñas cosas son las que te hacen echar de menos un lugar, un amigo, esas pequeñas cosas son las que te hacen enamorarte de un lugar, encontrar un nuevo amigo... Son muchas y pequeñas que unidas crean una gran bola de diferencias. Hay un libro de Hernán Casciari, "España perdiste" en el que a través de todas esas pequeñas cosas traza un marco de dos países tan diferentes y parecidos, de cómo a pesar de tener misma lengua, misma apariencia (mucho más atractiva la argentina, sin lugar a dudas, pero misma raza al fin y al cabo), las cosas del día a día son tan diferentes: cómo se vive un partido de fútbol, tener un kiosko a la vuelta de la esquina, la amistad... creando personas en apariencia iguales pero en esencia totalmente diferentes. 
Pues bien, creo que en ese libro faltó un capítulo, el capítulo del "quedar para hablar". Algo que recuerdo con tanta alegría y nostalgia de mi infancia, esas horas y horas en el patio de mi casa charlando toda la familia, los parques llenos de grupos de personas dejándose conocer con un rico mate entre las manos, las infinitas charlas en la cocina, salón o donde hiciese falta con las cuatro personas más importantes de mi vida: mis padres y hermanos. Ese hablar por hablar, como dirían en La Ser. Algo que desde luego en España no existe, y no, no quiero ni admito reproches porque no existe, en España existe la cultura del "vamos a tomar algo y ya que estamos juntos aprovechamos y hablamos un poco". No es igual, la razón que motiva el encuentro no es la misma, y por tanto el encuentro tampoco lo es. No preguntes a un español por su familia, por cómo le fue a su hermana en el examen que tenía la semana pasada porque te mirará raro y pensará que te estás pasando un poco con tanta preguntita. El español habla de cosas personales, íntimas, "importantes" cuando tiene un problema y si se puede quedar en la superficie, mejor que mejor, no vayamos a aburrir al interlocutor. 

Siempre me dijeron que tengo buena memoria, creo que no es del todo cierto, ¿Recuerdo cada detalle?, ¿Conversación?, ¿Anécdota? Sí, pero no es solo memoria, es interés, es que de verdad me interesa cuando alguien me cuenta que fue a Salamanca y le pareció preciosa la puerta azul de una casa que estaba al lado de la Iglesia.
¿Y a qué nos lleva esto? Nos lleva a que la sangre tira mucho. Tira tanto que miles de inmigrantes italianos se llevaron su sangre a Argentina y decidieron dejarla ahí por mucho tiempo hasta que nos la apropiásemos y, después de mejorarla, tuviésemos de por vida un hermano mayor al que acudir en el sur de Europa. Tira tanto que ahora, 10 años después por fin encuentro gente que te llama y te dice "¿Qué tal, qué hacés, tenés ganas de quedar para hablar un rato?" Bajás, vas a la plaza en la que quedaste y ¿Sabés qué? Hablás. Sin necesidad de una litrona o unas pipas de por medio, sin ninguna distracción, sin nada más que personas conociéndose. Demostrando que realmente interesa lo que le pasa por la cabeza del otro y que realmente te interesa que el otro sepa lo que pasa por la tuya.
Horas, horas conociendo y dejándote conocer, horas en un acto de confianza absoluta en uno mismo y en el otro. Horas con el silencio de las calles (alguna que otra moto o señora tirando cubos de agua a las 2 de la mañana por el balcón) y el dulce sonido de la desnudez de una persona a través del sonido de las palabras, los gestos y esa pequeña delatora que por mucho que controlemos acaba diciendo toda la verdad: la mirada.

2 de octubre de 2012

¡Bendito Erasmus!

Benditos sean los romanos y su afán de conquistar el mundo.
Bendito sea Colón por querer ir a la India por otro camino.
Bendita sea toda su tropa por masacrar a los nativos americanos y aprovechar los ratos libres para enseñarles algo de su lengua.
Benditas sean las crisis económicas que obligan a la gente a emigrar.
Benditos sean mis abuelos, mis bisabuelos, por "elegir" Argentina como nuevo país de residencia.
Benditas vuelvan a ser las crisis económicas que obligan a la gente a emigrar.
Benditos sean mis padres por "elegir" España como nuevo país de residencia.
Benditas sean las mentes pensantes que creyeron que uniendo países conseguirían hacer de Europa una super potencia.
Bendita sea la Unión Europea.
Benditas sean las personas que decidieron crear las becas internacionales.
Bendita sea la Complutense, bendito sea el momento en que decidí hacer el examen de inglés, rellenar los papeles... Bendita sea la llamada del 16 de Mayo.
Benditos sean todos y cada uno de los pasos a lo largo de la historia gracias a los cuales hoy puedo estar en Italia entendiendo a la gente y siendo entendida por la gente.
Benditos sean los italianos, bendito sea el acueducto de mi calle, bendita sea la lluvia que me despierta cada mañana y bendito sea el sol que me asa cada tarde.
Benditas sean las conversaciones en itañol.
Bendito sea Salerno por haberse convertido en solo dos semanas en mi casa, donde no me siento fuera de lugar, donde juraría llevar ya toda mi vida y donde he podido conocer (y seguir conociendo) a gente de lo más increíble con la que compartir una experiencia única llena de pequeños pasos que dentro de unos años estaré bendiciendo por haberme hecho ser como soy.



13 de septiembre de 2012

Non stress

Es curioso lo relativo que es el tiempo. Hace 4 meses cuando me dijeron que tenía plaza en Italia me moría de ganas de irme ya, pero lo veía como algo absolutamente lejano. Hoy faltan 4 días para irme y me muero de ganas, pero lo veo como algo absolutamente lejano. Supongo que hasta que no ponga los pies, la cabeza, mi tonificado cuerpo, los 20kg de maleta y los otros 10kg de mochila en suelo italiano, seguiré sin creerme que sea cierto.

Pero por dios ¡Que llegue ya! Da igual si pierdo el tren, da igual si me muero llevando un cuarto de mi peso en la espalda, lo único que quiero es irme ya. Cerrar la maleta sabiendo que no voy a volver a abrirla para sacar una camiseta y meter otra, dejar de soñar que me olvido todos los pantalones en casa, dejar de despertarme pensando en todas las cosas que tengo que hacer antes de irme... En fin, dejar ya esta situación de nerviosismo absoluto en la cual me da un infarto al no encontrar la carta d'identita' que previamente había decidido guardar entre las hojas del diccionario para que no se arrugue.   

Habitualmente soy un poco idiota, nerviosa y algo histérica, lo que viene siendo toda una joyita, pero este nivel de nerviosismo cada vez que veo la maleta no es normal así que por mi bien mental y el de los que me rodean, rezad para que esto acabe lo antes posible.


P:D.: No os preocupéis bonicos, que en realidad estoy muy tranquila, disfrutando de los últimos días en Madrid y esperando al domingo con calma. En fin, os abandono ya que creo que calculé mal el número de chinchetas que me tengo que llevar.

27 de agosto de 2012

Bipolaridad en la maleta

Hace unas pocas noches decidí crear este blog en el cual iré contando las tonterías varias que se me ocurran y que me ocurran (super ingenioso juego de palabras) en los próximos ¿9? ¿10 meses? que dure mi erasmus en Salerno, Italia. Lo aclaro para que nadie tenga que buscarlo en google y se sienta idiota por no saberlo.
Sin embargo ahora estoy delante de la pantalla y me pregunto ¿Qué escribir sobre un viaje que aún no ha empezado? Pues la verdad es que mucho. Como bien decía un hombre muy sabio, así como gracioso a la par que atractivo, "un viaje comienza cuando empiezas a prepararlo", este hombre del que hablo es mi padre, y sí, una de las dos personas que me ingresarán dinero en mi cuenta para poder sobrevivir en tierras italianas así que, qué menos que una buena presentación como esa. Hacer la pelota que lo llaman.

Pues bien, preparar he preparado casi hasta la maleta así que podríamos decir que mi viaje ya ha empezado. Aún no estoy allí pero ya tengo el cosquilleo en el estómago cada vez que pienso en estarlo, cosquilleo que por cierto, cada día es mayor. Cada vez que me imagino haciendo la compra allí, esperando el autobús para ir a clase por las mañanas... tengo una sensación absoluta de felicidad y vértigo a la vez que es preciosa. Sonará estúpido pero sí, son esas las cosas en las que pienso, no en grandes fiestas (que las habrá), ni en si entenderé el idioma, si el idioma me entenderá a mí... pienso en esas pequeñas cosas a las que tan habituados estamos y que hasta que no nos cambian no sabemos apreciarlas, en lo que viene siendo la vida cotidiana, oiga. 

Nunca fue fácil cambiar, acabar con algo y empezar con otra cosa, como cuando estás en el sofá viendo la tele, sabes que tienes que estudiar pero es difícil ir a por el mando, apagar la tele y ponerte con los apuntes. Pues eso mismo pero mil veces más (y mejor, espero). Sí, erasmus, Italia, erasmus en Italia, suena a idílico y seguramente lo sea pero hay partes en las que las sensaciones son tantas, tan revueltas y tan diferentes que el idilio pasa a convertirse en una montaña rusa constante. Quiero irme ya, estoy ansiosa, con ganas, muerta de ganas. Pero cuando pienso en que no estaré en el 100 montaditos de Príncipe Pío con mis amigos, que no veré a Jorge ligando con hielos en una discoteca, que dejaré aquí a mi novio, que Bea se caerá y no estaré allí para verlo, que no jugaré con mi gata en casi un año, los simpsons ¿Acaso se puede vivir sin los simpsons?... las ganas de repente se van, quiero quedarme, no irme nunca, es un instante nada más pero es tan intenso que da miedo. Entonces me imagino dentro de un año, 27 de Agosto de 2013, y me imagino pensando en lo mucho que me gustaría estar en el paseo marítimo con mis amigos erasmus, tomándome un verdadero helado, aprendiendo palabras en idiomas que ni sabía que existían, "tendría que haberlo disfrutado más" me diré, que es lo que decimos siempre después de una buena experiencia, puede que la hayas disfrutado al 100% pero nunca nos parecerá suficiente. Y entonces las dudas se van para siempre. Quiero irme, quiero irme ya. Quiero que sea el 16 de Septiembre, quiero subirme en el avión, quiero llegar a Roma, comerme un McToast, mandarle un mensaje a mi hermana contándole que me acabo de comer un McToast, subirme al tren, llegar a Salerno, perderme para llegar al hotel, que no encuentren mi reserva, llegar a la habitación, tirarme en la cama y empezar a vivir la que sin duda será mi mejor experiencia hasta la fecha.







Como dato, para aquellos pobres desgraciados que jamás probaron un McToast y por tanto, no saben lo que es. Os presento uno de los mayores manjares del mundo:  



Como segundo dato, la quinta imagen que sale al buscar "McToast" en google, es cuanto menos desconcertante.